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En busca del silencio interno: meditación y psicoanálisis

August 16, 2016

Desde hace algunos años observamos una fuerte tendencia en la cultura popular hacia retomar elementos del pensamiento y las prácticas espirituales de oriente como formas de autocuidado en occidente, sin necesariamente comprenderlas a profundidad. Sin embargo, en ámbitos intelectuales y académicos, también se ha buscado una convergencia entre el pensamiento oriental y el occidental. En psicoanálisis, autores de la talla de Epstein, Fromm y Bollas se han adentrado en las formas de la mente oriental, y su pensamiento se vio profundamente influido por lo que encontraron.

Estos estudios han demostrado que existe una afinidad importante entre el budismo zen y nuestra disciplina. Por tal motivo, en este trabajo propongo retomar a la meditación, que es una práctica central del budismo, como un elemento que nos permitiría llegar a casos en los que el psicoanálisis ortodoxo es inviable, por ejemplo, aquellos en los que el paciente es trasladado de una institución a otra, como sucede en casas hogares o en albergues. 

Es posible afirmar que actualmente en México hay una cantidad dramática de gente sufriente que no cuenta con apoyo emocional alguno. Lo que es más, creo que es acertado decir que quien más requiere de este apoyo, es quien menos posibilidades tiene de recibirlo, pues no cuenta con los recursos necesarios para cubrir un tratamiento de larga duración. Sin embargo, creo que el psicoanálisis tiene mucho que aportar, pero tal vez sea necesario integrar nuevos elementos a nuestra práctica clínica para que pueda aplicarse en diferentes campos y así contribuya a la construcción de una realidad más armoniosa. Uno de esos elementos, es la meditación.

Para comenzar mi exposición, quiero partir de la postura asumida por el psicoanálisis tradicional respecto de la vida espiritual. El escritor y poeta Romain Rolland, quien fue discípulo de maestros hidúes (Epstein, 1990), tras haber leído “El porvenir de una ilusión” le comentó a Freud que si bien compartía la mayoría de sus opiniones acerca de la religión como una neurosis colectiva, lamentaba que no hubiera concedido su justo valor a la fuente última de la religiosidad (Freud, 1930. pp: 8): un “sentimiento oceánico”, que posteriormente fue definido por Freud como una “indisoluble comunión e inseparable pertenencia a la totalidad del mundo exterior” (Íbid, pp. 9), y equiparó esta sensación al narcisismo primario del recién nacido, por lo que lo consideraba en general un sentimiento regresivo.

Sin embargo, si bien la actitud de Freud frente a la vida espiritual se encontraba determinada por su pensamiento racionalista y moderno, en intercambios epistolares con Rolland durante los años 30´s, afirmaba su interés por adentrarse en “la jungla india de la que hasta ahora [se había] mantenido un tanto alejado por una curiosa combinación de amor helénico por la proporción, sobriedad judía y timidez filistea” (Freud, 1930; en Epstein, 1990. pp: 144). Este interés de Freud revela su intuición de que había algo “más allá del sentimiento oceánico” (Ibid.) en ciertas prácticas, y efectivamente, este tema ha sido retomado por grandes analistas actuales que reconocen en el Budismo Zen un método de autoconocimiento tan riguroso como el psicoanálisis.

Quizás sean aparentemente distantes, pero ambos métodos comparten su profundidad de comprensión y respeto ante la naturaleza humana. Por ello,  el psicoanálisis parece ser más compatible con el budismo zen que con técnicas psicoterapéuticas derivadas del positivismo occidental; esto puede deberse a que, como dijo Cristopher Bollas, Freud recibió sin darse cuenta un regalo de Oriente (2013, p: 134).

En el corazón del budismo encontramos a la meditación, por lo que es pertinente preguntarnos qué es meditar. Meditar es contemplar; es centrar la atención en lo que está sucediendo en uno mismo sin reaccionar a ello mediante acción, palabra, juicio, comentario mental o reflexión (Nyanaponika Tera, en Cooper 2010, p. 151). Vista así, la definición es muy similar a la que podríamos pensar para la atención flotante o la asociación libre, y de hecho autores como Paul Cooper han estudiado esta similitud.

La naturaleza de la meditación es congruente con el psicoanálisis en el sentido de que ambas operan por via di levare, y no per via di porre, como indica Freud. En ambos casos se permite a los contenidos psíquicos presentarse tal cual aparecen en la mente, como lo pide la asociación libre, y sentir los afectos que sobrevengan con el propósito de integrarlos.

Contrario a lo que se supone coloquialmente, la meditación no es un ejercicio de relajación. Por el contrario, ésta implica un esfuerzo subjetivo que no es menor, puesto que requiere que soltemos los recursos que normalmente empleamos para sentirnos en control o evadir nuestras emociones: las ideas repetitivas, los diálogos internos, los sueños diurnos, las distracciones cotidianas, el celular y las redes sociales, todos estos son instrumentos que empleamos diariamente para evitar escucharnos a nosotros mismos, pero en meditación nos desembarazamos de ellos.

Este fenómeno es explicado por Odajnyk (2004) como un retiro de la catexia habitualmente depositada en nuestras defensas yoicas, fantasías, complejos y pensamientos, para transferirla al esfuerzo de la concentración. Sin embargo, como explica Freud en “Duelo y melancolía” (1915), el hombre no abandona gustoso ninguna de las posiciones de su libido, y hacerlo es un proceso que puede ser muy displacentero. Lo anterior explica las resistencias del sujeto que se encuentra en un proceso analítico, así como las dificultades que se presentan en los estadios iniciales de la meditación.

Por lo tanto, para sortear los retos que se presentan en estos procesos, cada práctica cuenta con una suerte de espejo: en el budismo se cuenta con la guía del maestro zen que confronta al aprendiz consigo mismo constantemente; en el caso de los practicantes occidentales, el psicoanálisis me parece el mejor dispositivo con el que contamos para evitar el desvío hacia la negación mediante una falsa meditación. Sin embargo, en ambos casos se apunta a que el practicante –o analizando- pueda continuar este proceso por sí mismo, habiendo interiorizado la función del maestro o analista.

Así, tanto en el caso del psicoanálisis como en la práctica de la meditación, el yo gana poco a poco capacidad de síntesis, lo cual permite una mejor integración pulsional. En “El problema económico del masoquismo” Freud nos señala: “no esperaremos (…) encontrar instintos de muerte o instintos de vida puros, sino distintas combinaciones de los mismos” (Freud, 192. pp: 2755). En “Más allá del principio de placer” Freud habla del instinto sexual como el más difícilmente domeñable, y que es “capaz de dominar al principio de realidad, para daño del organismo entero” (Freud 1920, pp: 2509). De acuerdo con lo señalado por Freud en ambas obras, parece que en los síntomas es sólo una parte de Eros –el instinto sexual- la que se suma al instinto de muerte, y le agrega así un monto de placer suficiente a las experiencias de sufrimiento, para sostener la compulsión a la repetición.

Tanto el trabajo de elaboración en análisis como la actitud contemplativa de la meditación, contribuyen a lograr una integración pulsional más adecuada. En otras palabras, la atención plena e incondicional que se presta a los procesos internos, disciplina al yo volviéndolo cada vez más capaz de acoger los avatares internos y externos sin defenderse irracionalmente de ellos, con lo cual madura y vive en mayor armonía. El psicoanálisis consigue esto haciendo consciente lo inconsciente a través del lenguaje, y la meditación lo hace a través del silencio.

En “El Yo y el Ello”, Freud admite la existencia de un lugar aún más oscuro que lo reprimido cuando afirma: “reconocemos, pues, que lo inconsciente no coincide con lo reprimido. Todo lo reprimido es inconsciente, pero no todo lo inconsciente es reprimido” (Freud, 1923, p: 2701). Es en este inconsciente no reprimido en donde se encuentran las causas más primarias del rumbo que toman las pulsiones a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, si este contenido nunca ha sido consciente, tampoco es susceptible de verbalizarse. Tal parece que el acceso al inconsciente no reprimido no es posible a través de la palabra, y sólo en el silencio podemos encontrarnos con ese núcleo de autenticidad de nuestro ser. Es en esos momentos de profundo silencio cuando se produce la mayor intimidad: el encuentro con nosotros mismos.

Es en la quietud contemplativa de la meditación en la que podemos encontrarnos con la O de origen de Bion, es decir, la experiencia directa que se escapa a la simbolización, y cuyas cualidades más esenciales se determinan en un horizonte que no ha sido tocado por la represión. En este sentido, “sin memoria y sin deseo” es una actitud meditativa, en tanto que libera a la atención flotante de juicios y teorías, y permite al analista contactar con el analizando desde un lugar más puro.

Ahora bien, ¿cómo podemos trasladar esta complementariedad teórica a la clínica? Actualmente yo trabajo en Ananké, una ONG que entre otras cosas pretende investigar esto, y quiero compartirles el proyecto con el que queremos hacerlo: se trata de un albergue de apoyo a migrantes centroamericanos en el que estamos por comenzar a ofrecer servicios psicoterapéuticos con enfoque psicoanalítico.

Estos jóvenes provienen de entornos que presentan distintos tipos de violencia, tanto la endémica que se observa en las dinámicas familiares, como la propia de conflictos sociales. La mayoría de estos jóvenes se encuentran amenazados de muerte y han perdido familiares a manos de de grupos criminales. Aunado a lo anterior, el trayecto hacia Estados Unidos a bordo del tren “La Bestia” es extremadamente peligroso, y estos chicos viven agresiones tanto por parte de delincuentes como de autoridades.

Este es un ejemplo en el que un análisis ortodoxo no es viable, y sin embargo el poder comprensivo del psicoanálisis nos permitiría apoyar enormemente a estos jóvenes. Por lo tanto, hemos elegido emplear el modelo de terapia de breve, intensiva y urgencia, que diseñó el psiquiatra y psicoanalista Leopold Bellak. Este modelo consiste en la elaboración de una anamnesis lo más completa posible, una amplia evaluación psicodinámica y estructural y la consideración de los aspectos sociales del paciente (Bellak 2000). 

A partir de una historia clínica elaborada rigurosamente, el dr. Bellak (Ibid) indica que es necesario priorizar los conflictos que se atenderán, puesto que se cuenta con un tiempo muy limitado, y definir a partir de ellos las líneas interpretativas que se emplearán. La técnica apunta a ayudar al paciente a fortalecer su psiquismo con el auxilio de la alianza terapéutica, el encuadre y una serie de intervenciones cuidadosamente formuladas, que se orientan a que le paciente comprenda la situación por la que está pasando, a observarse a sí mismo en ella y a reconocer los recursos con los que cuenta para resolverla.

Sin embargo, estos chicos requieren de una continuidad en su trabajo emocional con la cual no podemos apoyarlos de manera convencional. Por lo tanto, es necesario buscar alternativas que les permitan continuar la elaboración de sus procesos a partir de la introyección de un objeto constante, como sería el psicoanalista. En estos casos, la meditación puede servir para lograr lo anterior. Esta práctica que se ajusta a las necesidades, capacidades y ritmo de cada quien, puede acompañarlos a donde quiera que vayan. Por tal motivo, los servicios psicoterapéuticos ofrecidos en el albergue se complementarán con grupos de meditación que serán supervisados por analistas con conocimiento del budismo zen y experiencia en la práctica de la meditación, de manera que en el inicio de su práctica cuenten con un espejo que los contenga y los acompañe en su primera autoobservación.

Para terminar, quiero recordar que el psicoanálisis no se puede reducir a una técnica que usamos para ofrecer un servicio. El psicoanálisis, como el budismo zen, es una forma de conocer al mundo, y nos permite entender dinámicas, ofrecer explicaciones y proponer nuevos cursos de acción a partir de una profunda comprensión de los procesos más íntimos del ser humano. En este sentido es una cuestión ética incorporar todas estas dimensiones del psicoanálisis en nuestra vida profesional, pues me parece que es la única  manera de mantener a nuestra disciplina vigente y socialmente relevante.

Referencias:

Álvarez, J. (2016) Vivir en un duelo eterno. México: Documento inédito

Bollas, C. (2013) China on the mind. New York: Routledge

Bellak, L. (2000) Manual de psicoterapia breve, intensiva y de emergencia. México: Manual Moderno Brown, M. (2010) Presence Process. Vancouver: Namaste Publishing

Cooper, P (2010) The zen impulse and the psychoanalitic encounter. New York: Routledge

Epstein, M. (1990/2004) Más allá del sentimiento oceánico. En: Molino, A. (comp.) El árbol y el diván. (pp: 143-153) Barcelona: Editorial Kairós

Freud, S. (1920/2003) Más allá del principio del placer. Ballesteros (trad), Vol III. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva.

Freud, S. (1923/2003) El Yo y el Ello. Ballesteros (trad), Vol III. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva.

Freud, S. (1924/2003) El problema económico del masoquismo. Ballesteros (trad), Vol III. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva.

Freud, S. (1930/2005) El malestar en la cultura. Ballesteros (trad). Madrid: Alianza editorial

Freud, S. (1915/2003) Duelo y melancolía. Ballesteros (trad), Vol III. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva

Fromm, E.; Suzuki, D. T. (1994) Budismo zen y psicoanálisis. México: Fondo de Cultura Económica

Gómez de Silva, G. (2009) Breve diccionario etimológico de la Lengua Española. México: Fondo de Cultura Económica

Grinberg, L., Sor, D., Tabak, E. (1991) Nueva introducción a las ideas de Bion. Madrid: Julián Yébenes editores

Odajnyk, V. W. (2004) La meditación zen como camino de individuación y curación. En: Molino, A. (comp.) El árbol y el diván. (pp: 155-165) Barcelona: Editorial Kairós

 

 

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